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¿Cuándo nos duele más pagar?

VO_45Al momento de pagar la cuenta en un restaurante por una cena que disfrutaste mucho ¿qué alternativa te causaría menos placer e incluso reduciría el deleite que tenías con la cena, pagar en efectivo o con tarjeta de crédito?

Obviamente, pagar con dinero en efectivo, ese dinero que estás viendo, tocando y entregándoselo a otro, te haría sentir peor que entregar apenas un pedazo de plástico.

Sabías de antemano cuanto podía costarte más o menos esa cena, porque viste el menú primero, pero aún así, dejar ir esos billetes no nos causa felicidad.

Según Dan Ariely, profesor de la Universidad de Duke y autor del libro “Predeciblemente Irracional, Las fueras ocultas que forman nuestras decisiones”, esa agonía no tiene sólo que ver con que nuestro dinero deja de ser nuestro, sino también con el momento en que sucede: al mismo tiempo en que estamos consumiendo.

Por ejemplo, imagina que te vas en un crucero, y tienes dos formas de pagar el viaje: por un lado, pagar 3 meses por adelantado antes de ir, o pagar al final apenas te bajas del barco. ¿Cuál elegirías? Muy probablemente, la segunda opción. Porque tienes el dinero contigo por más tiempo. Pero ¿cómo te sentirías durante el viaje sabiendo que al final tienes que pagar todo eso? ¿Cómo te sentirías en el último día si mañana tienes que desprenderte de ese dinero?

Pero ¿cuánto notamos esos sentimientos, cuándo advertimos realmente cómo nos sentimos cuando pagamos? Porque es por eso que puede cambiar cómo disfrutamos de las experiencias.

Pero para Dan hay formas de reducir o aumentar ese dolor.

Por ejemplo, cuando vivimos nuestro consumo día a día, sentimos más dolor que si nos manejáramos con tarjeta de crédito, que es cuando podemos disociar nuestro consumo del momento en que pagamos por él en efectivo. O piensa que en lugar de andar siempre con efectivo, usas tu tarjeta de débito, es casi lo mismo. Sin embargo, es posible que así tengamos más control sobre nuestros gastos.

Piensa por ejemplo en la diferencia entre pagar por gasolina y pagar la electricidad. Cuando pagamos por lo primero, vemos el relojito marcar la cantidad. Y eso produce un sentimiento molesto porque vemos crecer la cantidad de dinero que tendremos que pagar ahora. O incluso peor, imagina si la compañía de gasolina instala un aparato que va quitando centavos de tu cuenta bancaria a medida que vas manejando, y que cada vez que aceleras, éste lo hace también. Por supuesto esto maximizaría aún más el dolor.

Con la electricidad la historia es diferente. No tenemos un medidor en la casa, no lo vemos funcionar mientras marca cuánto estamos consumiendo. No hay dolor, incluso menos si tienes esa cuenta en pago automático. Pero ¿qué pasaría si pusiéramos el medidor en el living, bien a la vista?

Ahora hay algunos casos en los que podríamos reducir el dolor de pagar.

Imagina que te vas de vacaciones, a un lugar costoso, donde gastas dinero, y bastante, en cada compra que haces. Pero si sientes el dolor cada vez que pagas por cada cosa extra que se te apetece, como un Martini por la noche, tal vez decidas no pedirlo.

Pero si pagaste tus vacaciones por adelantado con todo incluido, tal vez termines pagando más dinero, en términos absolutos, pero no tendrías que estar pensando en esas cosas pequeñas y disfrutarías más tus vacaciones.

O piensa en un regalo especial. Seguramente todos tenemos algo que queremos pero que creemos que comprarlo no es lo mejor, y eso es justamente lo que hace un buen regalo. Porque lo quieres y porque ese dolor de pagar por ellos te está frenando de comprarlo.

Pero ¿qué sucede cuando alguien lo hace por nosotros y nos regala lo que queríamos? Por supuesto, nadie pedirá que devuelvan el regalo. Porque fue la otra persona quien retiró de la ecuación el dolor de pagar dándote solo el beneficio.

Entonces, el dolor de pagar implica:

–       un costo de oportunidad (es decir, a lo que renuncias por comprar una cosa y no otra)

–       un componente de fastidio

–       un impuesto moral, asociado a la culpa,

–       un método de pago (efectivo o crédito), y

–       un momento de pago (al mismo tiempo o diferente del momento de consumo).

Cada método genera esos sentimientos en diferente medida. Y no porque te cause menos desagrado pagar con crédito, tienes que hacerlo así, porque aunque disfrutarás de tu compra, el desagrado de tener que lidiar con una deuda puede ser mayor.

Pero ¿cuál es la moraleja de todo esto? Más allá del desagrado de pagar por algo, lo ideal es intentar siempre hacer un uso inteligente del nuestro dinero, es decir, que al momento de elegir cómo pagar, sea a consciencia de que es la forma que más nos conviene y que no tengamos que lamentar luego.

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